Cuando Claudia y Tomás recibieron su ejemplar de Michi, ¿qué huellas dejaste en mi corazón?, no sabían que aquel libro terminaría convirtiéndose en una especie de cápsula del tiempo para su gata Luna. “Pensamos que íbamos a escribir un par de anécdotas y poner algunas fotos, pero nos pasó algo muy distinto: empezamos a recordar y no pudimos parar”, cuenta Claudia entre risas.
Luna llegó a su casa hace ocho años, una tarde de invierno. Era una gatita callejera que apareció en el patio, pequeña, hambrienta y con una oreja doblada. “La adoptamos casi sin pensarlo. Fue de esas decisiones que tomas con el corazón antes de que la mente alcance a opinar”, recuerda Tomás.
Con el libro Michi en sus manos, decidieron empezar desde el principio:
—Página uno, “La primera vez que nos vimos” —dice Claudia—. Ahí pegamos la única foto que tenemos de ella ese día, envuelta en una manta azul.
Las páginas se fueron llenando rápido. En “Sus momentos más divertidos” escribieron sobre la vez que Luna trepó al árbol de Navidad y derribó todas las luces; en “Pequeñas manías” anotaron su obsesión por dormir sobre el teclado de la computadora; y en la sección “Cosas que solo tú haces”, dibujaron su postura favorita para dormir, con las patas traseras estiradas como si fuera una bailarina.
Para ellos, el libro se convirtió en un ritual. Una vez al mes se sientan juntos, revisan fotos nuevas y agregan entradas. “No solo es un recuerdo, es una excusa para mirarnos a los ojos y decir: qué suerte que la tenemos”, comenta Tomás.
Claudia confiesa que también piensa en el futuro: “Cuando Luna ya no esté, este libro será nuestra forma de abrazarla otra vez. Cada página tiene su olor, su pelo pegado, sus historias… es como un pedazo de ella”.
Hoy, Michi está casi lleno. Las últimas páginas están reservadas para fotos impresas de momentos recientes: Luna junto a su manta azul original, ahora un poco gastada, pero igual de querida.
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